El mundo de los juegos de mesa es amplio y maravilloso. La gente ingresa a él de diversas formas: un amigo lo introdujo, la tienda de cartas en la que jugaba Magic empezó a traer juegos de mesa o –como yo– vio el capítulo s05e13 de The Big Bang Theory y le llamó la atención lo que Sheldon, Howard y Raj estaban jugando; y no precisamente por las bromas de “wood for sheep”. Después sucede que uno es atrapado por este mundo maravilloso y empieza a vaciar su billetera para comprar y comprar y comprar juegos. Y cuando esto pasa y uno quiere jugar las últimas adquisiciones con sus amigos, inevitablemente se transforma en “El Profesor”.

Ser el encargado de enseñar las reglas del juego a otros es una responsabilidad ineludible. Es uno el que tiene el manual de instrucciones a mano, es el interesado en que los demás prueben el juego y – si es un comprador responsable – ya tiene conocimiento sobre de qué se trata el juego y cómo funciona por ver reviews o tutoriales. Y así es como, a pesar de tener nula formación o experiencia pedagógica en la mayoría de los casos – yo sólo fui ayudante en algunos ramos de la universidad. Habría que preguntarle a mis estudiantes si valgo algo como profesor –, los ñoños más dedicados nos vemos con esta responsabilidad en nuestras manos. Y es sin quejarse. Después de todo, nadie nos obliga a comprar juegos nuevos todos los meses.

Lo Que Queremos Lograr y Los Escollos en el Camino

En mi opinión, el fin último de sentarse a enseñar un juego de mesa es que los futuros jugadores conozcan las reglas de forma rápida y sean capaces de jugar sin desventajas. Discrepo con los que utilizan el sistema de “enseñar jugando”, hacer una partida falsa o explicar las reglas básicas y luego dar otras reglas importantes a medida que surgen. Esa forma de enseñar el juego tiene dos grandes problemas: toma más tiempo y no le da igualdad de oportunidades a los jugadores de ganar la partida.

El primero puede parecer poco intuitivo: ¿cómo va a tomar más tiempo si los jugadores empiezan a jugar inmediatamente? El problema es que, aunque empiecen a jugar, no saben las reglas del juego. No les estás enseñando más rápido, sólo los pones a jugar con información incompleta. La tentación de hacer esto es grande. Sobre todo cuando uno tiene amigos impacientes.

El segundo problema es derivado de lo anterior. Los jugadores no pueden tomar sus propias decisiones si no conocen el juego. Yo prefiero que aprendan el juego bien y puedan ser rivales competitivos. Así el juego es divertido y un reto para todos, incluido yo. Siempre se pueden dar algunos tips estratégicos o advertir sobre errores habituales que un novato podría cometer. Pero llevar a los jugadores de la mano o intentar jugar por ellos me parece una falta de respeto.

Enseñar las reglas de una sola vez no está libre de inconvenientes. Requiere claridad por parte del profesor y atención por parte de los demás. Y me quiero detener en la atención de los jugadores porque he estado leyendo algunas cosas al respecto y me parece fascinante. La capacidad de las personas de prestar atención es limitada. Es lo que se conoce en inglés como attention span (que en español sería algo así como “intervalo de atención”).

El attention span es la cantidad de tiempo que una persona puede mantener la concentración sobre una tarea sin distraerse. La creencia popular dice que el attention span promedio es de unos 15 minutos. Sin embargo, si la atención fuera algo continuo y que se agota de forma abrupta no aprenderíamos nada cuya explicación exceda esos 15 minutos iniciales. Para estudiar esto, las científicas Bunce, Flens y Neiles diseñaron un experimento (link aquí). Entregaron a un conjunto de estudiantes en unas clases de química un aparato con tres botones. La idea es que cuando los estudiantes se percataran de haber tenido un lapsus en su atención presionaran un botón indicando la duración del lapsus. Además, las clases usaban distintos métodos pedagógicos. Las investigadoras hicieron tres hallazgos interesantes: los lapsus duraban en su mayoría un minuto o menos, los lapsus eran más frecuentes de lo que se podría pensar – es decir la atención no se da en intervalos continuos de 10 a 15 minutos – y que estos lapsus eran menos frecuentes cuando los profesores hacían preguntas o demostraciones, en comparación con los periodos donde sólo dictaban cátedra.

Tips y Experiencias a la Hora de Enseñar

Las lecciones que nos dejan estos experimentos son valiosas. Lo primero es que con los humanos hay que tener paciencia. Nuestros amigos jugadores, por mucho que lo intenten, van a perder la atención en algún momento. Lo importante es que sientan la confianza para preguntar lo que no entendieron y nosotros, como buenos profesores, ser capaces de volver a explicar con calma lo que quedó con dudas. Lo de “las preguntas para el final” es nefasto en estos casos. Piensen en un juego donde los turnos tienen una estructura y orden definidos. Si alguno de nuestros amigos no entendió bien una parte del turno, le costará seguir el hilo y entender el resto. Es mejor que pregunte de inmediato y así no tener que explicar todo de nuevo más adelante.

La segunda enseñanza es que dar ejemplos visuales es un recurso importante a la hora de enseñar algo. La ventaja al enseñar un juego es que el material está a la mano y se puede mostrar a medida que se hace el set up. A la gente le gusta tanto aprender mirando que algunos prefieren ver videos tutoriales de los juegos a leerse el manual. Esto puede ser una buena primera aproximación, pero es muy difícil que un video explique todas las reglas con sus detalles y excepciones. No leer el manual es malo cuando uno es el profesor. Cierta pareja de amigos sufre de este problema y los he pillado un par de veces enseñando mal alguna regla – ustedes saben quiénes son 😛 –. Conclusión: ejemplos visuales está muy bien, ver un video es bueno, pero las reglas hay que leerlas sí o sí.

Algo que es casi obvio pero que he aprendido a la mala es a eliminar las distracciones, tanto para explicar el juego como para jugarlo. Al momento de jugar está prohibido tener la tele prendida. Yo suelo poner música temática de youtube para darle ambiente al juego, pero no tele propiamente tal… jamás. Los celulares también debieran estar lejos de la mesa. Lamentablemente los viejos hábitos no mueren tan fácil y hay gente que se enferma si no tiene el dispositivo en la mano. Pero al menos durante la explicación deberían dejar de mirar su aparatito y tratar de entender las reglas.

Finalmente, algo que ayuda mucho cuando se explica el juego es a enseñar con estructura. Yo casi siempre sigo una especie de guion:

  • La temática del juego: Quienes somos en el juego, cuál es el ambiente y lo que queremos lograr. Esto ayuda a que los jugadores se hagan parte del juego.
  • Cómo se gana el juego: Si hay que juntar puntos y las distintas formas de obtenerlos. O si hay que matar a los demás jugadores y cómo mueren.
  • El orden del juego: Explicar las fases del juego o algún set up inicial (como las ciudades que se infectan al principio del Pandemic), si es que el juego las tiene. Estructura de los turnos y las acciones que se pueden ejecutar.
  • Condiciones de término del juego o de victoria: Hay que dejar muy claro cómo el juego se acaba. Explicar bien cómo se cuentan los puntos al final. Es una oportunidad para reiterar cómo se gana el juego.
  • Pro tips, excepciones y errores frecuentes: Nada muy específico, pero es bueno decir algunas cosas para que nuestros amigos no se encuentren con sorpresas. Ejemplo: recalcar que en Catan los hexágonos con 6 y 8 producen más recursos que el resto de los números y que al principio los recursos más importantes son madera y ladrillo, pero que luego la piedra es fundamental.

La Responsabilidad Social del Profesor de Juegos de Mesa

Enseñar juegos de mesa es importante. Cuando uno quiere jugar a un nuevo juego tiene que hacer que los demás puedan jugarlo. Es muy poca la gente lo suficientemente ñoña como para leerse las reglas de antemano y llegar a la mesa sabiendo jugar. Hay gente que es incluso incapaz de esto último, porque no les gusta o les cansa leer, o porque les cuesta aprender el juego sin verlo con sus propios ojos.

A parte de este fin egoísta que impulsa a enseñar juegos, los profesores tenemos una responsabilidad con el mismísimo diseñador del juego. Somos una especie de agente que interpreta el diseño del autor y lo hace accesible a más gente. Fallar en este propósito y terminar jugando un juego distinto al que el autor diseñó y probó una y mil veces es causarle un daño a ese juego. Los errores a la hora de explicar un juego pueden ser detalles menores sin daño, hacer la diferencia entre quién gana y quién pierde o, peor aún, hacer que el juego sea percibido como aburrido, fácil o demasiado complejo sin que el diseñador lo haya hecho así. Un amigo una vez explicó a un grupo de novatos el famoso juego cooperativo Pandemic. Lamentablemente cometió un error clave en el set up, causando que el juego fuera tan fácil como un paseo por el parque. Es una lástima que esas personas se hayan llevado una impresión distorsionada de este gran juego de Matt Leacock.

Finalmente, tenemos una responsabilidad con nuestros amigos. Cuando enseñamos un juego a un grupo de amigos, ellos confían en que les explicaremos todo lo que necesitan saber. Esto no quiere decir que si el jugador no entendió algo es todo culpa del que enseñó las reglas. La frase típica, que ya a esta altura la tomamos con humor, es “¡Oye pero esto no lo explicaste! Si hubiera sabido ya hubiera ganado hace rato”. Otra anécdota digna de mención es la de una amiga que hasta el día de hoy insiste en que cuando le enseñé a jugar Carcassonne no le enseñé cómo puntuaban los granjeros y que por eso le gané esa partida. Yo estoy completamente seguro de que sí lo expliqué y si ella no entendió debió preguntarme; pero Fernanda aprovecha cada oportunidad que tiene para contar su versión de la historia y difamarme ¬¬. Saludos Ferni! 😀

Para terminar, quiero mandar un saludo a todos los profesores de juegos de mesa. A veces es un trabajo no muy apreciado por amigos impacientes y distraídos, pero lo que hacemos es importante para hacer crecer el hobby. Hagámoslo con cariño y poniendo nuestro mejor esfuerzo. Porque tal como en las escuelas y universidades, un buen o un mal profesor pueden hacer toda la diferencia del mundo.