Si tuviéramos que hacer una lista de los más grandes diseñadores de juegos de mesa modernos, uno de los nombres que sin dudas destacaría es el de Uwe Rosenberg. Uwe es un diseñador de juegos alemán que apareció en la escena lúdica el año 1997 con su juego de cartas Bohnanza, que consiste en sembrar e intercambiar porotos (frijoles, judías, o como sea que les llame usted). Años después Uwe empezó a diseñar juegos más complejos y con un alto componente económico. Así es como el 2007 fue el año de Agricola, su juego más aclamado; con fanáticos acérrimos capaces de irse a los puños con tal de defender la postura de que Agricola es mejor que Caverna; siendo Caverna el juego que el propio Uwe diseñó y lanzó el 2013 para retirar al viejo y desvencijado Agricola para dar nueva vida al concepto.

Pero hoy no voy a hablar de Agricola ni de Caverna. El motivo principal es que quiero jugar Agricola varias veces antes de lanzarme a reseñar Caverna, que he jugado ya bastante y me gusta mucho. No, hoy vengo a hablar de la otra rama de la creación Rosenberguista. Hoy es el turno de Le Havre.

¿Cómo prosperar en las costas de Francia?

Le Havre es un euro económico para 1 a 5 jugadores, diseñado por el nombrado y renombrado Uwe Rosenberg y publicado el año 2008 por la editorial del propio Uwe, Lookout Games. En español, los muchachos de Homoludicus se la jugaron por Uwe y este fue uno de los juegos que editaron en el idioma de Cervantes.

Un poquito de historia. Le Havre es una ciudad portuaria situada en el norte de Francia, en las costas del Canal de La Mancha y sobre el estuario del río Sena. Es el segundo puerto de Francia, después de Marsella; por lo que podría decirse que Le Havre es como Talcahuano en Chile. Le Havre fue fundada en 1517 y su nombre en francés antiguo significa literalmente “El Puerto”. No tengo idea de cómo se pronuncia en realidad, y prometo que nunca me oirán hacer el intento.

En Le Havre los jugadores representan compañías dedicadas a la construcción de edificios y barcos, y a la producción y el comercio de bienes. Por supuesto, el éxito de sus compañías será medido por el dinero que valgan al final del juego, contando el efectivo que les quede y el valor de sus edificios y barcos. Este juego es un típico Uwe Rosenberg por la gran cantidad de componentes: hay 16 recursos distintos, aparte del dinero. Los recursos están representados por fichas de doble cara, siendo una cara el recurso básico (por ejemplo, trigo) y el reverso el recurso avanzado (para el ejemplo, pan).

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Estas cajitas plásticas son lo mejor para ordenar este tipo de juegos.

La partida durará un número de rondas dependiente del número de jugadores. Cada ronda consiste en siete turnos de los jugadores, por lo que habrá jugadores que en una ronda jueguen menos turnos que los demás. Al inicio de cada turno, el barquito del jugador avanza en el río, cayendo en una casilla con recursos básicos. Estos recursos se agregan a sus respectivas cajas de oferta, donde se van acumulando a medida que pasan los turnos. En su turno, el jugador tiene dos opciones: tomar todos los recursos que haya en una caja de oferta, o enviar a su trabajador a un edificio (propio, de un oponente o neutral) y hacer la acción correspondiente.

Una de las acciones más importantes que puede hacer un trabajador es la de construir un edificio. Hay tres edificios disponibles para construir en la parte alta de tres pilas que se forman al comienzo del juego. Los requisitos de construcción aparecen en la carta, y generalmente consisten en madera, arcilla, hierro y más adelante ladrillo y acero. Construir edificios es la forma más directa de ganar puntos para el final del juego, además de disponibilizar nuevas acciones para todos los jugadores. Un par que destaca es el astillero, que permite construir barcos, y la compañía naviera, que sirve para vender bienes usando los barcos.

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Vista del tablero tras las primeras rondas. Arriba se encuentras los edificios disponibles para construir. Están dispuestos así para poder ver los edificios que vienen.

Al finalizar la ronda (luego del séptimo turno de jugador) los jugadores deberán alimentar a su gente. Varios de los recursos valen por comida: pescado, pescado ahumado, pan y carne. Extrañamente, el pescado se puede comer crudo, pero las vacas no. Pareciera que a Uwe le gusta el sushi. Por otro lado, los barcos que los jugadores pueden construir generan comida permanente, reduciendo la cantidad a pagar cada ronda. Si un jugador no tiene comida suficiente o no quiere pagar con comida, puede pagar con dinero. Ahora bien, si no tiene dinero, el jugador se ve obligado a tomar un préstamo que le permita pagar la comida de la ronda.

Estos préstamos son bastante usureros. Cada préstamo le otorga al jugador cuatro francos. Sin embargo, para cancelar la deuda el jugador debe pagar cinco francos. Además, una de las casillas de recursos básicos tiene el texto “interés”. Cada vez que un barco llega a esa casilla, los jugadores que tengan al menos un préstamo deben pagar un franco de interés. Peor aún, por cada préstamo que el jugador conserve al final del juego, perderá siete francos de su resultado final.

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Una foto del astillero, un barco de madera y la compañía naviera. Una posible estrategia es dedicarse a vender recursos.

Luego de jugar el número de rondas correspondiente (por ejemplo, 18 para una partida de 3 jugadores), los jugadores tienen la oportunidad de jugar un turno más. Sólo por esta vez, es posible usar un edificio en el que ya haya trabajadores de otros jugadores. Tras esto se cuenta el puntaje final: dinero disponible, valores de edificios y barcos y se restan 7 francos por cada préstamo. Quien tenga más dinero será el ganador.

Mi Opinión

Lo primero que tengo que decir de Le Havre es que, a pesar de las apariencias y de una estructura de turno ridículamente simple, es un juego bastante difícil. En la BGG está calificado con un peso de 3,76/5 – como referencia, Terra Mystica, que es mi estándar de heavy euro, tiene un 3,94 –. La forma de ganar es muy directa: tener más dinero al finalizar la partida. Sin embargo, al principio no es del todo aparente cómo se arma el motor que generará dinero en el juego. Obtener dinero en efectivo en el juego no es tan fácil. Salvo la caja de ofertas de francos, se gana un poco de dinero al hacer producir edificios como la ahumadora o el ladrillar. La compañía naviera permite vender bienes usando barcos, pero aparecerá cuando el juego ya esté más avanzado.

Alguien recién llegado a Le Havre podría creer que, tal como en otros juegos, lo importante es lograr combinaciones con los edificios propios. No es así, porque otros jugadores son libres de usar los edificios que uno construye. Hay que sacarse el paradigma de la cabeza, usar todos los edificios que haya en mesa y no casarse con una estrategia porque ese es el edificio que construí. Construir edificios es un bien en sí mismo, porque valen dinero al final del juego sin importar tanto lo que hagan.

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Los terribles y usureros préstamos. Por suerte, los juzgados permiten disminuir la deuda. Una especie de “Defensa Deudores” dentro de Le Havre.

Los requerimientos de comida al final de cada ronda pueden ser agobiantes. A veces pareciera que no hay turnos suficientes para hacer todo lo que se necesita. Sin embargo, aquí entran en juego los barcos, que reducen la carga al proporcionar comida permanentemente. El hecho de que algunos jugadores jueguen menos turnos por ronda y que tras cada ronda haya que pagar comida hace que Le Havre no sea muy recomendable para cuatro o más jugadores. Que te cobren comida, luego juegues un solo turno y te vuelvan a cobrar puede ser desmoralizante. Tres jugadores pareciera ser el número ideal.

Las posibilidades en Le Havre son variadas. Hay distintas fuentes de comida, hay edificios que dan muchos puntos, barcos de distinto tipo y opciones para vender bienes o cambiarlos por otras cosas. Planificar para ir logrando objetivos en el juego – construir tal barco u obtener tal cantidad de comida para despreocuparse en las próximas rondas – es complicado pero satisfactorio. Y como todo buen worker placement, aunque la interacción sea baja, cuando alguien ocupa el edificio que pensabas usar o se lleva los recursos que necesitabas el juego y la amistad con esa persona se vuelven un poquito más difíciles.

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El juego cuenta con edificios especiales, que irán apareciendo durante la partida. Se ocupan a lo más seis por partida y vienen 36 distintos, lo que asegura rejugabilidad.

A mí personalmente me encantó Le Havre. Hay partidas en las que he jugado bien y otras en las que he fracasado rotundamente, y eso me gusta muchísimo. Hasta ahora me da la sensación de que no es un juego que se pueda “resolver”, dada la variablidad presente desde el setup y la importancia de los factores humanos en el desarrollo de cada partida. No es un juego que se sienta pauteado; aunque hacer barcos es obligatorio para tener posibilidades de ganar.

El gran problema de Le Havre es que es un juego castigador. ¿No tienes comida para pagar al final de la ronda?, entonces toma un préstamo. Veo que tienes un préstamo, entonces paga el interés. ¿No construiste el astillero? Entonces págale a tu rival por el honor de usar el suyo. ¿Te sobraron muchos bienes al final del juego? Que divertido; pero no valen nada. Sientes que el juego está abofeteándote constantemente, y eso a algunas personas no les gusta. Una buena advertencia antes de embarcarse en una partida de Le Havre (you see what I did there?) siempre se agradecerá.

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Un par de detalles divertidos en la portada del juego.

Lo dije antes y lo repito: por favor juéguenlo de a tres jugadores. Ya con un poco más de experiencia puede ser buena idea probarlo de a cuatro, pero en las primeras partidas jugarlo con un número no ideal puede distorsionar su apreciación del juego.

Y un último consejo: cuando lo compren, ármense de paciencia. La cantidad de fichas que tiene este juego es realmente inverosímil. Destroquelarlo será una ardua tarea.