Después de haber dejado botado a mi co-blogger por casi dos meses, durante los cuales hizo heroicos esfuerzos por mantener viva la llama de nuestro blog, leído por más de una decena de personas en el mundo (estoy seguro de que somos más de diez), regreso al campo de las pseudo-reflexiones cuasi-útiles acerca del fascinante mundo de los juegos de tablero. Esta vez, quiero compartir algunas ideas sobre un problema que, cuando me inicié en este hobby, nunca imaginé que podía llegar a producirse: ¿es posible tener demasiados juegos?

Un poco de contexto: cuando yo era niño (algo he comentado ya al respecto) los juegos de tablero eran una suerte de lujo difícilmente alcanzable. Además de no provenir de una familia particularmente adinerada –por decirlo de una forma generosa-, yo era, justamente, un niño, es decir, alguien sin poder adquisitivo propio. Por lo mismo, los juegos de tablero que tuve durante mi infancia fueron llegando en una gotera de frecuencia prácticamente anual (la navidad era la ocasión clásica) y nunca llegaron a ser muchos en realidad. De ellos, eran dos o tres los que realmente salían a la mesa con regularidad.

Pero una vez que me convertí en un niño con dinero adulto, y redescubrí el mundo de los juegos de tablero, comencé a comprarlos a discreción, al principio de manera más bien cauta (no fuera alguien a pensar que yo gastaba mi dinero en estupideces) y luego de forma bastante desenfadada (a quien le importa en qué gasto yo mi dinero), echando a la bolsa prácticamente cualquier cosa que me pareciera al menos ligeramente interesante. Así fue que comencé a amasar una ludoteca nada despreciable que pasó de ocupar unas repisas al interior de un clóset, a requerir un estante completo para sí misma.

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Así se veía mi ludoteca, en sus primeros tiempos.

 

Y entonces descubrí que tenía un problema entre manos: La cantidad de juegos en mi ludoteca comenzó a hacerse inversamente proporcional a las oportunidades que tenía de jugar cada uno de ellos. Cada vez más me pasaba que mis preciosas cajas llenas de magia quedaban relegadas por largos meses a la oscura comarca del estante, a la espera de conocer el lejano reino de la mesa de juego.

La razón se me hizo más bien obvia. El tiempo que puedo dedicar a jugar mis juegos ha sido siempre más o menos el mismo, sin embargo la cantidad de juegos que puedo elegir para utilizar ese tiempo ha aumentado de forma constante desde mis inicios en el hobby. Y el problema se agrava por el hecho de pertenecer a un grupo de amigos que tienen no sólo el mismo hobby, sino también el mismo afán coleccionista que el mío. Entre todos los que componemos el grupo habitual debemos tener literalmente cientos de títulos disponibles para jugar (especialmente si consideramos la ludoteca de groseras ingentes proporciones que se apila ominosa sobre las paredes del departamento de nuestros amigos Paulina y Pablo).

Sé que alguien muy bien podría decir “¿cuál es el problema en eso? ¡Mayor variedad para disfrutar!”, pero la verdad es que ese no ha sido el caso para mí y por varias razones.

Por un lado, ocurre que cada uno de nosotros es lo que podría decirse un “conocedor”, es decir, alguien con conocimiento relativamente amplio del hobby, y gusto consecuentemente selectivo. Esto, a su vez, determina que cada uno tiene sus particulares preferencias respecto de qué juego quiere jugar en cada una de nuestras reuniones y, dado que el tiempo es escaso (y que muchos de nuestros juegos requieren un tiempo más bien extenso para el desarrollo de una partida completa), la elección en cada caso suele requerir que varios renuncien a lo que querían jugar, en razón de lo que la mayoría ha decidido jugar (o, incluso, lo que la cantidad de asistentes permite jugar; una reunión de 5 jugadores, por ejemplo, deja fuera muchos candidatos).

Todavía más, como somos –casi todos- coleccionistas, siempre estamos adquiriendo nuevos juegos, que obviamente acaparan la agenda cuando se producen nuestras reuniones. Y en algunos casos la razón a la que adquirimos juegos sobrepasa con creces la de oportunidades para jugarlos. Casi todos los que componemos nuestro grupo tenemos almacenados varios juegos que adquirimos hace meses (¡incluso años!) y todavía no hemos podido probar.

Todo esto, a su vez, conlleva –siempre en mi opinión- otro problema: Es muy difícil llegar a hacerse “bueno” en un juego cualquiera, simplemente porque es difícil que lo podamos jugar tantas veces como para adquirir el dominio y la práctica que nos harían buenos en él. Sin duda que hay excepciones. En nuestro grupo, Concordia es una joya que tiene una adhesión bastante transversal y, por lo tanto, ve mesa más o menos seguido. Pero probablemente el caso contrario es el más frecuente. Sé, por ejemplo, que mi co-blogger desearía jugar mucho más seguido juegos como Battles of Westeros, o Ashes, Rise of the Phoenixborn. Algo similar debe ocurrirle a nuestro amigo común Daniel “Rata” Suazo, con juegos como Five Tribes; y lo mismo me pasa a mí con los juegos de mi admirado Reiner Knizia, que desgraciadamente no gozan de mucha aceptación en mi grupo.

En fin, creo que toda esta problemática –que Ud. muy bien podría estimar totalmente inventada- está en la tensión entre el jugador y el coleccionista. Porque no cabe duda de que quienes estamos constantemente adquiriendo nuevos juegos, no lo hacemos simplemente porque nos guste jugarlos, sino porque disfrutamos el hecho mismo de tenerlos, a la forma del coleccionista de monedas antiguas o de estampillas. Disfrutamos, en definitiva, de todos esos pequeños placeres inútiles del coleccionismo: nos gusta comparar el tamaño de nuestras respectivas ludotecas, comentar y exhibir las nuevas adquisiciones, anticipar las cosas que esperamos adquirir en el futuro, rastrear el estado de nuestras compras pendientes de envío o en tránsito, etc. Desde este punto de vista, me atrevería a decir que no existe una ludoteca demasiado grande, puesto que ningún coleccionista se atrevería a admitir que una colección cualquiera puede ser “demasiado” grande. Ese es justamente el asunto: que la colección siga creciendo indefinidamente.

Pero desde el punto de vista del jugador, creo que la postura contraria es defendible. Cuando lo que coleccionamos tiene, además, la vocación de ser utilizado para el fin con el que fue creado –en el caso de los juegos de tablero, salir a la mesa y reunir al grupo de amigos en torno a ella-, creo que el tamaño sí puede llegar a convertirse en un problema. Para mí, ya ha comenzado a serlo. Lejos están los días en que mi grupo de amigos sólo jugaba Catán todos los viernes en la noche. Mis sensibilidades lúdicas actuales sienten un impulso casi irresistible de renegar de aquella oscura época en que encontrábamos que Catán era el mejor juego de la tierra y no podíamos creer que Monopoly y Clue siguieran en el mercado. Pero lo cierto es que los recuerdos de esa época me son muy queridos, porque, curiosamente, cada noche de juegos, todos jugábamos lo que cada uno de nosotros quería jugar: Catán.

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Así se ve mi ludoteca hoy. Es relativamente humilde, comparada con la de algunos amigos.

Para mí, entonces, ha comenzado una suerte de camino inverso. Cada vez me vuelvo más selectivo con los juegos que deseo adquirir y he fijado –arbitrariamente, sin duda- un límite físico a las dimensiones de mi ludoteca: No excederá del espacio que otorga el estante en el que está actualmente contenida. Y este proceso de contracción está acompañado de una suerte de purga: He comenzado a vender todos aquellos juegos que, ya sea que me parezcan atractivos o no, tienen pocas o nulas posibilidades de salir a la mesa. La idea es que sólo ingresen nuevos juegos en la medida que otros salgan para ceder su lugar. Así, espero, mi ludoteca se mantendrá compuesta sólo por los juegos que realmente juego o que, pese a ver poca mesa, tienen algún valor verdaderamente especial para mí (conservo por cariño, por ejemplo, mi vieja copia de Catán, pese a que ya no lo juego).

En otros términos, he tratado de balancear la dicotomía jugador-coleccionista decantándome por la primera. ¿Qué opinan ustedes? ¿Es posible tenerla demasiado grande? La ludoteca, por supuesto.