Hace unas semanas tuve oportunidad de reencontrarme con un antiguo amigo que, hace años, formaba parte del grupo con el que nos iniciamos en esto de los juegos de tablero, ese grupo que jugaba Catán casi todos los viernes en la noche. Cristian –el amigo en cuestión-, perdió un poco el contacto con el hobby debido a que se fue a vivir al extranjero, pero cuando lo vi hace poco, me refirió un episodio que vivió cuando, allá en la ciudad en la que ahora vive, se acercó a un evento de juegos de tablero que encontró fortuitamente. Recordando con cariño las muchas noches de juegos de tablero y té (si, té) que compartió con sus amigos en Chile, se aproximó a uno de los monitores del evento para preguntar qué juegos había disponibles. Y se encontró con una respuesta que no esperaba: una larga sucesión de preguntas acerca de qué tipo de juego deseaba probar. ¿Un juego cooperativo o competitivo? ¿De estilo euro o american? ¿Para cuántas personas, dos, tres? ¿Y qué duración aproximada deseaba; media hora, más de una hora… o un simple filler quizá?

Cuando Cristian me refirió la anécdota, lo hizo probablemente esperando que yo concordara con su apreciación sobre ella: “Qué esnob el tipo que le atendió en el evento ¿cierto?”. Pero lo primero que pasó por mi mente fue otra cosa: “Qué apropiadas las preguntas, ese sujeto sabe de lo que habla”. Inmediatamente a continuación, y viendo la reacción de mi amigo, tuve que preguntarme a mí mismo ¿me he convertido en un esnob de los juegos de tablero?

Primero, aclaremos conceptos. Según el Diccionario RAE, un esnob (o snob), es una “persona que imita con afectación las maneras, opiniones, etc., de aquellos a quienes considera distinguidos”. El Diccionario de la RAE no entra en precisiones sobre los múltiples aspectos que suelen considerarse característicos de los esnobs, pero uno que es de muy común aceptación es la propensión del esnob a hacer comentarios irrelevantes e innecesarios, a menudo de forma pretenciosa y hasta petulante, simplemente para impresionar acerca del conocimiento que se tiene (o que muchas veces sólo se presume tener) sobre alguna cuestión artística, cultural o científica.

Así, entonces, no cuesta ver por qué mi amigo Cristian estimó que algunos dentro de este mundo de los juegos de tablero nos hemos convertido en unos esnobs. Y es que no cabe ninguna duda de que cuando hablamos de nuestro hobby, no hablamos simplemente de tal o cual juego de tablero, sino que hablamos del último juego abstracto similar a “Tigris y Éufrates”, pero con elementos de “Samurai”, que lanzó Knizia este año. O de cómo el último juego de Uwe Rosenberg es una reiteración de conceptos que ya estaban presentes en su “Patchwork”, pero mezclado con algunas ideas tomadas de “Caverna” (que en realidad es una versión mejorada de su antiguo “Agrícola”) y “El Banquete de Odín”. O de cómo ciertos conceptos son transversales a “Arkham Horror”, “Eldritch Horror” y “Arkham Horror The Card Game”, pero cada uno los aplica con sus especiales fortalezas y debilidades porque bla, bla, bla.

En el fondo, nuestro amor por el hobby nos ha llevado a tener un enorme volumen de conocimientos que cualquier observador externo (y también muchos observadores internos), calificaría como simplemente inútiles. Consecuentemente, cuando esos observadores nos escuchan hablar –o leen nuestros blogs- nos miran como unos empalagosos esnobs presumiendo de esos inútiles conocimientos para hacernos los interesantes y llamar la atención. Aquí la reflexión entonces. ¿Qué es lo que distingue al esnob del verdadero conocedor? Por supuesto, no hay una respuesta autoritativa. Como saber no es pecado (algo que algunas instituciones religiosas se niegan a reconocer todavía), el simple hecho de haber acumulado conocimientos, por inanes que estos sean, no puede ser el criterio selector. En mi opinión, entonces, es la intención con la que se utiliza esa información. Porque si efectivamente se utiliza para presumir, llamar la atención y tratar de parecer más importantes de lo que somos, entonces no cabe duda de que nos hemos convertido en unos esnobs.

Pero aquí es donde yo creo que los adeptos a este hobby nos salvamos del calificativo. Resulta que el boom que vive la industria ha generado tal volumen de productos, y tal especificidad en los mismos, que para poder administrar una colección de juegos es imprescindible manejar un cierto conjunto de conceptos. Este es el asunto. En el Chile de los años 90, las alternativas –descontando los abstractos tradicionales como las Damas, el Backgammon y el Ajedrez) eran escasísimas: Básicamente, el Ludo y las versiones castellanizadas de Monopoly, Clue y Snakes and Ladders. Por ahí también alguna “novedad” como “Semáforo en Rojo” o “Atrapen al Ladrón”. Cualquiera que tenga mínimos conocimientos del hobby reconocerá que todos los nombrados tienen un denominador común: son roll and move games; es decir, juegos en que la mecánica central es lanzar uno o más dados y avanzar los respectivos casilleros en el tablero. De esta suerte, lo que único que uno debía decidir es qué variante del lanzamiento de dados quería jugar. Pero esta realidad ha cambiado en proporciones que en aquella época eran inimaginables.

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Los tableros de Clue, Snakes & Ladders y Monoply. Lanzar un dado y mover un peón era la acción a realizar en cada turno.

Ahora, cuando se arma la junta de juegos, es efectivamente necesario definir primero qué clase de juego queremos jugar. Algunos prefieren los juegos cooperativos. Otros los detestamos. Hay quienes aman altas dosis de azar. Hay quienes, en cambio, prefieren que sus juegos omitan el azar completamente. Hay quienes disfrutan mucho los juegos abstractos y hay quienes no pueden verlos sin hacer una mueca de desprecio. Hay juegos que duran 10 minutos y hay otros que duran 6 horas. Hay juegos donde el combate entre los jugadores es lo central y hay otros donde casi no existe interacción entre los participantes. Las diferencias son tan notorias que –con plena justificación, en mi opinión- a veces alguien simplemente no quiere participar de lo que se va a jugar. Se hace necesario, entonces, discutir previamente qué es lo que se va a jugar y saber qué características tiene ese juego.

Y estos conocimientos son particularmente relevantes –y por esto he concluido que no puede acusarse de esnobismo al protagonista de la anécdota con la que se inicia esta entrada-, a la hora de introducir a nuevos jugadores al hobby. Cuando una persona que no ha jugado nada más que los antiguos clásicos quiere comenzar a probar los juegos que se han producido durante los últimos 20 años, quien tenga la labor de introducirlo en el mundillo tiene también la responsabilidad de guiar un poco la elección. La idea es esa persona no termine detestando los juegos de mesa simplemente porque, la primera vez que asistió a un evento de juegos, el monitor lo metió a una partida de Terra Mystica y el pobre neófito pasó 3 horas tratando de entender qué es lo que había que hacer para poder ganar el juego, para finalmente descubrir que quedó penosa y lejanamente último en el marcador de puntaje. Si llevamos el ejemplo al extremo contrario, un jugador en potencia podría alejarse decepcionado si lo único que le presentan es Fantasma Blitz y Carrera de Erizos. No se trata de descalificar esos juegos (que son sin duda buenos juegos), sino de hacer notar que probablemente están diseñados pensando en un rango etario específico: niños hasta una cierta edad.

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Tres juegos famosos y muy distintos entre sí. A la izquierda Eclipse, una especie de euro espacial; al centro, Jaipur, un juego de cartas muy sencillo para dos jugadores; a la derecha, Memoir 44, un wargame de tomo y lomo.

Por supuesto que tampoco tiene sentido abrumar al interesado con información demasiado específica, o tratar de guiarlo usando lenguaje excesivamente complejo. Una persona nueva en el hobby probablemente no tendrá idea de cuáles son las diferencias entre un eurogame y un ameritrash; tampoco sabrá interpretar qué es un worker placement, un wargame o un dice allocation game, ni mucho menos sabrá qué quiere decir que tal juego se parece más a un Feld que a un Cathala (ni yo mismo sabría qué quiere decir eso, no obstante lo cual alguna vez lo escuché decir por ahí). Pero sí es posible explicar, en términos simples, qué diferencia hay entre un juego que es cooperativo y uno que es competitivo. También es perfectamente posible explicar que el juego está centrado en el combate entre los jugadores, o bien que el juego no tiene combate en absoluto. Y siempre es posible decirle al interesado si el juego dura 15 minutos o más de dos horas.

En fin, el Maestro Yoda ya lo dijo muy bien: la Fuerza se debe utilizar para el conocimiento y la defensa, nunca para el ataque. Si usted no quiere ser un esnob, use sus conocimientos para ayudar al avance y la difusión del hobby, no para hacerse el interesante. Porque, si no lo había notado ya, le cuento que a nadie le parecen interesantes los nerds adictos a los juegos de mesa.